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Mi tía Lola se murió a los 95 años. Los últimos años de su vida, se reunía con sus amigas de edades similares y se dedicaban a tejer por las tardes. Lo que cosían lo vendían en un bazar que se organizaba una vez al año, un mes antes de las fiestas decembrinas, destinado a ayudar a los más necesitados. Esa actividad, junto con la organización del evento, que en verdad era un pachangón, le dio sentido a su vida y evitó que el ocio llevara desesperanza a su corazón. Razones para estar triste tenía de sobra, pero si algo recuerdo de mi tía es que jamás se quejó y que, con su ejemplo y entereza, nos dio una lección de resiliencia. “La mente ocupada es y será la mejor terapia”.

Le daba sentido a sus días y contagiaba de vitalidad a los que en silencio la observábamos, pensando para nuestros adentros: “cuando yo tenga su edad, quiero tener ese ánimo y ese ímpetu por ayudar a los demás”. Esta reflexión encierra una verdad crucial: mantenerse activos no solo nos mantiene vivos, sino que nos conecta con un propósito más profundo. Alcanzar cierta edad no debería ser visto como el final de la productividad o la creatividad. Al contrario, el tiempo que nos queda después de una vida de trabajo es ideal para cristalizar todos esos proyectos que alguna vez pospusimos. El envejecimiento solo debería importar en los quesos y el vino. Envejecer prematuramente es una trampa que ocurre cuando nos dejamos llevar por la falta de motivación, cuando permitimos que la vida se vuelva monótona y vacía. Esta falta de propósito puede acarrear problemas como la depresión y la pérdida de vitalidad. Sin embargo, los avances médicos y tecnológicos han extendido nuestra esperanza de vida considerablemente. Ya no es aceptable pensar en la jubilación como el final de una vida activa. Lejos de retirarnos al sofá, deberíamos ver esta etapa como una nueva oportunidad para aprender, crecer y contribuir al mundo. 

Nuestra experiencia, cultivada con el paso de los años, debería ser considerada como oro molido, capaz de nutrir a quienes nos rodean. No hay edad para emprender. La mente ocupada es una fábrica de ideas, y muchos logros han llegado después de los 60. Harland Sanders fundó KFC a los 65 años; Laura Ingalls Wilder escribió su primer libro a los 64; y Anna Mary Robertson, mejor conocida como “Grandma Moses”, comenzó su carrera como pintora a los 78 años. Estos ejemplos nos demuestran que el envejecimiento no es una barrera para la creatividad, sino una plataforma para alcanzar las metas que siempre soñamos. Mantenernos activos, tanto mental como físicamente, no solo nos beneficia a nivel personal, sino que tiene un impacto en la sociedad. La experiencia de un hombre o mujer maduros es un recurso invaluable, una fuente de sabiduría que puede inspirar a las nuevas generaciones. 

El envejecimiento, lejos de ser una excusa para detenernos, debería ser una oportunidad para dejar un legado significativo. Mi tía Lola, con su sencillez, humor negro y fortaleza, nunca permitió que el desánimo la alcanzara. Tejiendo y organizando, no solo ayudaba a los demás, sino que también contagiaba vitalidad a todos los que la observábamos. Su ejemplo es un homenaje a la fortaleza del espíritu humano, y nos enseña que la clave para una vida plena es mantenernos siempre activos, motivados y con propósito. Que su historia inspire a cada uno de nosotros a vivir cada día con energía, sin importar la edad que tengamos.